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v i a j e s & m á s

Un lindo happy hours

Después de los dos sours, ya me sentía mucho más animado, jovial y locuaz. Mariana había salido temprano del trabajo. Ella era una de esas muchachas promotoras de Movistar, de aquellas que te ofrecen productos y servcio a la entrada del local. Toda uniformada con logos de la compañía, falda, chaqueta ceñida, etc. Mariana es lo que podría decirse: una hembra. Ja, ja, ja. Bella, delicada, de voz suave, piel lisa y perfecta. Bueno, el caso es que bebimos, hablamos de nuestars vidas, de cómo nos habían ido, de cómo nos habíamos separado de nuestras respectivas parejas. Ella se había divorciado hacía ya seis meses y yo ya llevaba un año solo. A medida que el mesero retiraba las copas vacías y servía más y más y más... yo no paraba de hablar, de reir, de mirar a Mariana y juguetear por debajo de la mesa, etc., etc. Ella sólo se reía y se mantenía erguida y altanera. Bella. A la quinta copa  yo ya no paraba de hablar y de mostrarme lo más triunfador posible. Luego de un rato, me percaté que mi compañera comenzaba a emborracharse, a mover sus labios con mayor lentitud. Sueño, sueño, mucho sueño. Decidí llevarla a otro sitio. Propuse: Pequeña, tengo hambre. Vamos a comer algo y luego salimos  a algún bar, ¿vale? Ella ya no pronunciaba palabra alguna...

Colombia mía

No había pasado ni un día en que no me acordara de Gabriela, mi pequeña aún permanecía intacta en mi mente. Su figura trigueña, ojos de gata, minis cortas, poleras ajustadas, pezones color cafés oscuro, culo inmenso, uñas coloridas. Una bebedora tremenda. Botellas de wiskys y rones, su especialidad. Un día amanecí entre sus piernas, con un  beso me despertó, se montó rápidamente y procedió a hacer su parte del trato. Habíamos convenido que le pagaría doce dólares la hora y el hostel iba por mi cuenta (total la habitación era de mi propiedad hace ya tres meses)

      Muertes, rostros de mujeres carmidos por la cocaína, no había mucho qué hacer, me solté para besarla, pero ella no se dejó. ¿Qué pasa? , dije mientras esparcía la coca en la mesa. Usted me cae bien, Javier, desde que lo vi, me simpatizó, asi que le voy a decir algo, y ponga mucha atención, y no quiero que se lo tome mal. Escuche: Carlos Moreno lo va a asaltar esta noche, después de que me vaya.

      Mierda, Gaby, me lo podrías haber dicho antes, alguna seña, algo que me indicara esto, ¡¿y ahora cómo cresta saco todo el dinero de aquí?! !Chucha, Gabriela, esto está mal, muy mal¡ !Mierda¡ Algún gesto, ¿Pero nada? Acaso me porté mal contigo, acaso no supe cuidarte esas noches en Bogotá, en Medellín. O cómo cuando vomitaste en la cena de Los Gutierrez, ah, no te acuerdas pero... pero yo sí y lo que pasó allí no se lo dije a nadie. Entonces, ¿así es cómo me pagas? Sal de aquí.

 

     

 

Temuco

Temuco

Ubicada en IX Región de la Araucanía, la ciudad de Temuco se encuentra rodeando desde la costa, la isla que simboliza el corazón originado por los ríos Cautín y Toltén. Temuco significa "agua de temu" y temu es un tipo de árbol que se encuentra en la zona. La ciudad se encuentra a una altitud de 107 metros y cuenta con alrededor de 210.000 habitantes.
La parte costera de Temuco nuclea su actividad administrativa y comercial muy rica y eficiente conformando una pujante ciudad con empresas de todo tipo.
Al arribar disfrutarás de las suaves lomas que rodean la ciudad y los espacios despejados que dan lugar a cultivos e industrias incipientes de la zona, además de la imponente silueta del volcán Llaima sobre el Este.
La IX Región de la Araucanía tiene hasta hoy 13 Áreas Silvestres Protegidas (ASP) que se desglosan en cinco Parques Nacionales, 2 Monumentos Naturales y 6 Reservas Nacionales que suman 303.729 has., lo que corresponde a un 9,6% de la superficie regional. El objetivo primario de la ASP es la conservación de los recursos naturales y, en la medida que sea compatible con ello, brindar oportunidades de educación, investigación y recreación.

Dos mujeres

¿Qué chucha me pasa? ¿Por qué mierda caigo en estados de ánimos tan chatos, tan desesperados, llenos de una angustia intensa, y sólo me dedico a pensar en ellas: en cómo  se diferencian. En todas esas aristas que hacen la diferencia abismal entre sus genios y sus razgos desiguales. Ojalá pudiera descifrar ese lenguaje extraño, pero a la vez conocido, esos gestos, esas palabras, esas actitudes llenas de esa indiferencia avasalladora.

      Me perturba. Una me dió la suficiente confianza de creer en mí, en mis planes, en ese camino fugaz de mi carrera; y la otra, me proporcionó esa validez absoluta, esa sensación de volver a estar vivo, de volver a respirar aires nuevos y puros. Confianza en mí. Nada más.

      Después de todo siempre consideré la posibilidad de verme envuelto en fracasos individuales y aquí estoy, absolutamente solo; sin embargo me sirve este estado para comprobar qué tanto las necesito. Sin duda, mi primera esposa, me daba una sensación de tranquilidad. Esa sensación de que me podría quedar a vivir junto a ella por años, toda una vida. Pero después de ver las noticias y después de fumarme todos los pitos posibles, volvía a recostarme a su lado y me preguntaba: ¿Esto será todo? ¿No hay algo más que una buena cama, un lindo coño, un almuerzo dominguero, etc., etc.? Debía averiguarlo, ver si estaba preparado para recorrer aquel camino que vislumbraba claramente pero que a su lado era medio incrédulo pensar que podía realizar mi plan maestro. ¿Por qué? No lo sé, lo que sí sé, y ahora comprendo, es que no quería terminar como un viejo imbecil viendo mis mejores años pasar y quedarme allí sin decir nada, sin pronunciar ni una puta palabra. No. No quería observarme a mí mismo en el reflejo de lo que NO QUERÏA QUE ME PASARA.

     Entonces, ahí apareció Raquel con su risa de pendeja, suy cuerpo exótico, su pelo siempre mojado o peinado o suelto o como fuese; y me enfermó. Era una sensación que ya había olvidado por completo. Ese bienstar constante, sólido y, a la vez, envenenador. Me revolvía el estómago y me dejaba en la más absoluta alegría. Sí, recuerdo. Recuerdo por ejemplo cuando me acompañó toda mi peor época, cuando no portaba ni un sólo céntimo; ella se aferraba a mí. Y para mí ella era mi pilar. Mi soporte.

    La cosa es que sin ellas nunca hubiese logrado ni un ápice de la independencia que poseo ahora. Me guiaron y protegieron siempre. Quizá ahora no tenga absolutamente ningún sentido lo que esté escribiendo, sin embargo no me queda otra cosa que mirar atrás y verlas allí, por separdo, con sus palabras y sus consejos, reclamándome una y otra vez: Hey, quédate aquí conmigo. No vayas, no tomes tanto. Simplemente miraba, sonreía con mi cara de imbécil que suelo colocar y les decía: Qué puedo hacer? Soy un pastel.

     

Mi muerte

Mi muerte

Acabo de despertar y ya es mediodía. La cabeza me retumba, una tranquilidad placentera comienza a aparecer. Anoche soñé que moría. Pero no era una muerte dolorosa ni menos asfixiante. Parecía estar en un lugar neutro y sin dolor alguno. No era nada parecido a lo que siempre creí. Las cosas giraban tan idénticas como ahora, excepto, por pequeñas sutilezas que sólo corroboraban mi permanecía obligada del otro extremo. Estaba muerto, bien muerto.           

     El sueño fue más o menos así: era de noche y el alcohol en sangre se diluía y se esparcía rápidamente. Ya había consumido varias botellas de vino, un vino suave, de sabor a madera y de intenso color sangre. En la casa de Daniela casi todos, o la gran mayoría, estaban seriamente borrachos y locuaces. A medida que la noche avanzaba la gente seguía arribando sin parar. La cosa andaba. Daniela estaba allí, conmigo, sentada, tocando mi mano cada vez que necesitaba sentirse cerca de mí. Luego de permanecer varias horas allí, partimos a un extraño recinto fuera de la ciudad (supuestamente Valdivia). El establecimiento era una especie de colegio abandonado con unas raras instalaciones las cuales habían servido para realizar posibles proyectos hidráulicos. Recorrimos las instalaciones y todos opinaban y hablaban y refutaban del asunto (el proyecto). Entendí a la perfección cómo funcionaba aquel engendro de aparato. En realidad valía una mierda comprender  todo eso. Para mí, no era más que una alberca llena de mierda. Apestaba. En fin, me aboco exclusivamente a lo que soné; cuando por fin llegó la hora de largarse, Daniela caminó tranquilamente hasta el auto, el cual permanecía aparcado a la orilla del camino con el motor encendido, y subió sin ningún apuro aparente. Traté de seguirla y subir al auto, pero ella lo echó a andar con rapidez. Me devolví a la carretera, busqué otro vehículo en la larga fila y lo conduje veloz tras ella. No sé si la noche o el efecto del alcohol me hacía ver el camino excesivamente ancho, las curvas parecían sacadas de caricaturas. Por alguna razón que desconozco (la cual, por supuesto, no era el acelerador), mi auto aceleraba y aceleraba. La delgada aguja marcaba ciento cincuenta kilómetros por hora. Después de eso, fue allí que comprendí que aquel engranaje se me iba, se me escapaba. Daniela, en tanto, hacía maniobras típicas de borracha y zigzagueaba adelante de mí. Lo que escribo ahora es absolutamente cierto y aunque suene repetido o trillado sucedió así: recuerdo una gigantesca luz enfrente, un ensordecedor zumbido, el auto de Daniela cruzó serpenteando y una exagerada curva apareció como una fantástica sorpresa. Caímos muy lento, no sé cómo, pero salimos de los autos y ahora, sí sé que suena ridículo,  nos miramos largo rato sin pestañear. Era un abismaste barranco como el del Coyote. Mientras todo parecía perder el ritmo habitual, aparecimos tomados de la mano en una céntrica calle. No estábamos heridos, ni maltrechos, ni nada. Ni un rasguño. Estábamos totalmente intactos. Lo que sí, había algo sumamente extraño, las calles estaban desiertas y en la mirada de aquellos espectros de hombres había un profundo dolor y una tristeza insoslayable. Avanzamos despacio, sin miedo, sin pena, sin nada. Observé detenidamente cada detalle de las vitrinas y percibí el extraño y solemne silencio, sin embargo, a lo lejos, se escuchaba una triste música, la cual no seguía ningún ritmo ni sentido ni nada. Era un viejo acordeón, recordé funerales, despedidas, homenajes, recordé que alguna vez yo disfruté de interminables conciertos de piano, recordé los impresionantes e imponentes calles italianas.            

      Todos caminábamos al mismo sórdido compás de la amargura.           

      Recorrimos las avenidas sin un rumbo fijo, anduvimos así largo rato, sin hablar. Daniela seguía atónita y no lloraba. Después de muchas cuadras de andar, nos detuvimos en un almacén pequeño. Allí había unas cuantas personas, entre éstas estaba una prima, Jessica. No nos abrazamos, sólo nos limitamos a reconocernos, y después comenzó a lanzarme un rollo de lo que había dejado inconcluso en la Tierra real. Comparé sus rollos con los míos y comprobé, para mi sorpresa, que sólo algo parecido a lo que ella me decía, para mí, era el frustrado viaje a Brasil, nada más. Me tranquilicé. Ese fugaz minuto en el limbo, me mostró cómo la vida se me podía escapar en cualquier momento. Allí, en medio de toda esa podredumbre, sólo una razón me mantenía aliviado: estaba Daniela a mi lado y nada podía suceder. Creí que viviría una vida formidable. Los sueños inconclusos me perseguían y me arrollaban. Me sentí pequeño e imbécil.           

     Cuando al despertar por fin abrí los ojos, mi oportunidad estaba aún ahí, conmigo, comiendo a mi lado, visitándome cada día, acompañándome. Comprender que nunca más iba a estar con las personas que quiero y estimo era lo más insoportable, pero de algún modo, sentí que todos sabían que los conservaría por siempre en la memoria aunque la muerte me acechaba y no me dejaba regresar.

¿Cuándo comenzamos a creer?

Después de algunos intentos fallidos por desarrollar ideas escritas una mañana cuando la masa cerebral aún funcionaba, opté por escribir lo que realmente me pasa. Llevo días desconectados de este engendro. Cada vez que volvía a retomar el libro de Hemingway, me acordaba de aquella extensión de mis palabras: la máquina de escribir. Sólo pensaba en estirar la hoja de papel; y luego ingeniármelas para esbozar algo, cualquier cosa, lo que sea, lo que salga. Pero, por alguna estupidez, no he podido avanzar nada. En días como éstos, todos mis planes se desvanecen en la mierda. Necesito arreglármelas para expresar claramente lo que quiero hacer con esta cosa.           

     A veces, la máquina me domina, toma el control, es como un juego. Tú ahí, yo aquí, pero si vienes, tienes que estampar algo decente. Así funciona. Hay días (son los menos) en que la logro controlar, creo que cede porque las ideas están claras y no tengo que escarbar. Ahora la observo y se ve tan estructurada y firme, ella no comete errores sino se limita a ser un vil instrumento.           

     Sentado aquí pensando en lo estúpido que uno puede convertirse por una simple pasión, la que sea: dinero a montones, trabajo duro, amor carnal, coños mecánicos, cualquiera, llegué a una conclusión. Todos en cierta forma anidamos pasiones o impulsos, como quieran llamarle, que nos motivan. Son un poderoso aliciente, sin embargo el alma humana esconde desgracias incalculables. La sequedad de un escritor puede ser el peor castigo de los dioses. Aprender a vivir con esa maldita carga te condena, te obliga a replantearte, pensar que puedes estar completamente equivocado, te caga. Te ves forzado a examinarte si decidiste el camino, si era el correcto. Sólo una respuesta nace de toda esta falacia: un escritor no tiene moral. Es un ser que vendería su alma si es preciso para seguir escribiendo. Hasta en los lugares más extraños uno suele tropezarse con esa sensación de angustia que produce la estrechez de ideas. Hablo de palabras que valgan la pena. ¿Pero qué es bueno? ¿Algo completamente armonioso? No creo que haya, en el mundo, un sentido estricto para determinar cuál es el valor real de cualquier objeto. Aún cuando creamos que todo lo que nos indique o nos muestre una sensación distinta de la vida, una re-presentación de nosotros mismos, seguiremos creyendo  en nuestra propia naturaleza, en nuestro sentido común.           

    Por muy ridículo que parezca la simpleza del lenguaje, quisiera dejar en claro que nadie es poseedor de la receta infalible, de la panacea total, de la pócima perfecta, sino sólo nuestra propia música interna nos dirá qué es bello. Sin embargo aún nos seguiremos haciendo la misma pregunta: ¿cuándo comenzamos a creer?           

Trampas

Trampas

Un día, mientras transcribía unos escritos a la computadora, pensé en algo. Una idea rauda apareció en la cabeza, una idea que, en un principio, parecía un tanto descabellada, pero que al rato se hizo más pretenciosa, y más que eso parecía una salida de madres: mandar todo a la cresta: volver a lo antiguo, a lo primitivo. Me acordé, por ejemplo, de Gaugin, ese pintor francés que dejó todo (extensas tierras, familias adineradas, deudas por montones, mujeres maniáticas, hijos hambrientos) y partió a tierras desconocidas para él: Tahiti. Allí puso en marcha un plan que consistía en recuperar su nuevo estado natural o algo así. Gaugin se caracterizaba por sus múltiples excentricidades. En París se comentaba: ahí va el loco de Gaugin, quizás con qué barbaridad nos sorprenderá ahora. En fin, tal vez así, lograba un cierto prestigio, tal vez no. No lo sé. Pero en el camino se encontró con ciertos problemillas, trampitas del destino, y como alguien decía por ahí: el mundo está lleno de trampas, hasta ese hombre que se hacía llamar Jesús (J.C) quedó enredado en una de esas.  Por otro lado, existen otros contemporáneos de este pintor que, al igual que él, persiguieron la libertad, regresar, volver. Rimbaund fue uno de ellos. Arthur persiguió durante bastantes décadas, su tan ansiada "libertad", sin embargo, igual terminó, acabó, se extinguió, en Africa, con una pierna menos y viviendo como un hediondo contrabandista. El más rebelde, el más grande, el niño prodigio también quedó apresado en su propia trampa. ¿Acaso no tenemos todos nuestras propias "trampitas"? Cierto.        

    Pero volvamos al principio, no nos desviemos demasiado, la cuestión se traduce a lo siguiente: Corre lejos, mientras puedas. Lo demás es pura mierda repetitiva, canalladas de imbéciles frívolos y dispuestos a ensuciarse las manos por cuatro, o tal vez cinco, o mejor aún seis inmundos pesos. Os volvéis el rostro ante los estafadores estúpidos. ¿Por qué siempre caemos en su juego? ¿Seremos nosotros mismos los culpables, los que permitimos que sigan allí, cobijándose bajo nuestra pasiva mirada, mientras nos preguntamos: volveremos algún día a oler la cizaña alrededor y no decir nada? No lo sé, sólo puedo bajar la voz y decir: sálvame, antes que todos caigamos en las trampas".

Burdel San Juarez

Burdel San Juarez

Sus parroquianos parten cuando recién aparecen las primeras luces del alba. Deben regresar temprano a sus largas labores rutinarias. El viejo burdel "San Juarez" abre sus puertas muy entrada la noche, casi al marcar, el reloj circular, la medianoche (hay veces en que el horario varía, depende). Las sillas se hallan amontonadas encima de las mesas, las cuales lucen unos estupendos manteles de género color marrón, un alegre color chillón cubre las paredes de cemento, un murallón de otra época.           

     Es de mañana, temprano, casi las ocho  y en el lugar ni un minuto ruido interrumpe ésta tranquilidad adormecedora, sólo se escucha el zumbido de los ventiladores que cuelgan, hace ya un par de años, después que Sonia los trajo de un desconocido poblado de Centroamérica. Las prostitutas están descansando o dormitando o follando, ¿quién sabe? Al fondo, más allá, brillan las copas de cristal que se sostienen misteriosamente en el aire con la ayuda de agujeros, adornan la parte superior de la barra. Aquella barra. Allí se suele plantar todas las noches Martina. Una chica jovial y de modales muy delicados, parece no impregnarse con la idiotez de aquellos borrachos. No importa lo que sea, ella siempre responde con buenos modales. Su educación de pequeña burguesa así le enseñó.           

       - No tienes porqué mirarme con esa cara, amor. Dijo, una noche, un anciano de cara fría y surcada por profundas arrugas, excesivamente pronunciadas.           

      - Señor, disculpe si mi rostro, a veces, no revela nada, pero le aseguro que muy pronto mi cara revelará ciertas cosas que aún escondo, ¿me entiende?            

      En la pared, detrás del mesón se halla "la barra". Un espejo ovalado refleja las botellas de licor: ron, gin, ginebra, whisky, en fin, todo el material esencial para la juerga. El local sitúa en la calle Rubens, justo detrás del gimnasio de boxeo, en ese recinto en el cual solían, tiempo atrás, enfrentarse los grandes. Nadie más.           

      Para ingresar a este sitio sólo una diminuta y estrecha puerta hace de entrada principal  único acceso al lugar. Una buena cantidad de personas importantes han pasado por aquí. Bailar, beber, cantar, forrnicar, son sólo algunos truquillos que utilizan para distraerse los comensales. Poetas, cantantes populares, políticos carismáticos y corruptos, ladrones profesionales conviven con asombrosa amabilidad y respecto. Todo personaje público y despilfarrador, después de medianoche, pasa a echarse un traguito aquí sin escatimar en gastos. "Sirvan una ronda para toda mi gente" - oí vociferar a todo pulmón al presidente Montt, una mañana después de unas fantásticas campañas electorales.

Digamos que ya llevo más o menos una hora y quince minutos experimentando, flirteando, jugando con uno de los mejores productos de orden natural y místico: la marihuana. Según mi opinión, basado en estudios y largas comprobaciones, me parece simplemente lo más cercano a lo mágico y sano (de las drogas blandas). Pero quiero dejar en claro que me refiero, exclusivamente a la yerba natural, al cogollo sin semilla, a los puntos rojos y  no al tóxico "paraguayo", a la yerba prensada con éter u otras toxinas dañinas para la salud. Esta yerba paraguaya es mala, turbia y produce sensaciones que, definitivamente, se alejan de las adecuadas a esa relajación, y contemplación de la verde, la natural. También he probado otras droguillas un poco más letales y mal tipificadas: cocaína, peyote, hachís, cidrines, anfetaminas, efedrinas, hongos sagrados, etc., etc.           

      El mundo está lleno de drogas livianas y fuertes, sólo hay que encontrarlas. Uno las puede tomar todas, pero yo, personalmente, me quedo con la yerba ancestral y milenaria. Los orientales saben de esto. La marihuana, para mí, es purificadora, sin trancas, sin rollos. En consecuencia: mi medicina.

HENRY

HENRY

Hace poco, mientras trataba de conseguir algún libro, tropecé con "Lo mejor de Henry Miller". Una magnífica selección de ensayos, artículos y cuentos recopilados por Lawrance Durrel, un viejo amigo de él. Este libro, antes de cada texto, exhibe una pequeña reseña de autor, la cual fue escrita a pedido del editor. El año o lugar donde fueron escritos no son recordados con exactitud ni precisión por Henry, sin embargo tratando de rememorar viejos tiempos dio una escuálida descripción del porqué o del cómo salieron a flote, a la luz.           

      Después de escarbar en este hallazgo, concuerdo plenamente con Miller cuando se refiere a ciertos aspectos del escribir, uso esta palabra en el sentido de obra artística, así como también del proceso creativo que acompaña a dicha actividad. Especialmente me di cuenta que una parte fundamental es experimentar, jugar, crear, transformar. Derribar para poder crecer. Pienso: aunque se escriban centenares de libros acerca de la estética, la ortografía, la gramática y todas esas maneras de conocer y penetrar en la literatura, nunca podrán descifrar el verdadero secreto, ese que produce la motivación, el deseo de plasmar en palabras (papel) lo que sea. Para escribir no es necesario ser ilustrado, ni inteligente ni docto, es más, creo que cualquiera podría serlo, sólo hay un  pequeño problema: hay que tener suficientes cojones para derribar todo, para recorrer el camino.           

      Volviendo al libro, éste me ha mostrado otro punto de vista, quiero decir que he comprendido aún más a este autor. Recuerdo que hace un par de años - cuando recién comenzaba a leer - tomé el mismo libro, lo llevé a casa, lo empecé a hojear, sin embargo, al poco tiempo, la prosa extensa, el amplio vocabulario y la pesadez de los hechos me hicieron desistir rápidamente de esa empresa. Ahora que conozco, muy levemente, la obra y singular vida de este norteamericano, lo disfruto, lo digiero con tranquilidad, lentamente, sin prisa. Cada vez que me concentro en la lectura puedo ver con claridad el paisaje francés, las calles de Nueva York, las ruinas griegas.           

     Las añejas páginas del libro me hace pensar en los antiguos anaqueles sumidos en la polvareda, suciedad y oscuridad. ¡¿Cuántos libros memorables dormirán en aquellos sucios mausoleos?! Ni la más idea, pero de una cosa estoy casi seguro: pronto volveremos a recuperar las ansias de soñar, de comenzar a valernos por nosotros mismos sin tener que recurrir a arcaicos modelos de anestesía, somníferos. Nada más que eso.

CHARLY GARCIA

CHARLY GARCIA

Sin duda Charly García marcó profundamente mis primeros años de universidad. Fue un disco unplugged que grabó junto a Maria, una pieza maestra, lo que me impresionó. Mucho piano, guitarras acústicas, violines, percusión, etc. Las letras reflejaban ese pensamiento e idea transgresora  y revolucionaria argentina. Había algo en sus canciones, en sus melodías, algo desgarrador y desagradable, una sensación de destrucción y decadencia que arrollaba.  Este músico argentino supo dejar impreso un sello el cual  lo caracterizó, y además, impulsó a toda una generación de artistas –Fito Páez, Soda Stereo, etc. Creo que su máximo legado se debió a que cuando todos, o la gran mayoría de sus contemporáneos, se aferraban a letras y canciones, buscando una fuerza quizás esquiva, quizás lejana, él optó por vomitar e incitar a sus pares a criticar, a tener voz propia. En los setenta no existía nada de eso que ahora creemos conocer como libertad, justicia, o solidaridad; sólo, como  en el  resto de Latinoamérica, había represión. Represión por pensar distinto, por decir las cosas de frente, en fin, represión incluso para criticar el sistema.  Mientras todos se entrenían en niñerías, en triquiñuelas, hubo un músico que dejó de pronunciar palabras rimbombantes, alzó la voz y liberó un nuevo lenguaje. Lo que rescato de Charly ha sido, desde mucho tiempo, la capacidad para rearmarse. Cuando todos piensan: “No ya Charly está decrépito, ya no le queda voz”, aparece nuevamente él, con alguna idiotez o con un relampagueó de luminosidad. Todavía creo que incluso en nuestros días –después de casi dos décadas- sigue vigente en el rock moderno.           

     De una u otra forma, el rock latino le debe una buena parte de su vanguardia a este viejo, una gran parte de su desarrollo y apogeo radica en que él logró ser la voz de las masas. La voz del pueblo. Cuando salió de Buenos Aires, nadie, ni siquiera su núcleo más cercano, creía que tarde o temprano se convertiría en un creador innato. En sus comienzos, Charly, con sus canciones en Sue Generis las cuales hablaban de cosas bellas, armónicas, frasecitas hechas para el bronce, logró triunfar rápidamente en Argentina. Debo admitir que también quedé, aunque fue por corto tiempo, prendido de este grupo aunque después de un rato comprendí que ya no estábamos para eso, que ya habíamos despertado del letargo y empezábamos a ver el mundo distinto, desde otra perspectiva. La necesidad por crear otras formas de expresión  fue lo que los llevó –a Chile y Argentina- a rearmarse y reconstruir con  música lo que se avecinaba. Fue el despertar, el creer absolutamente que debían, si querían avanzar, comenzar a derribar para poder construir. Después de que les destruyeron todo, después de que no quedó nada por caer, los jóvenes fueron suficientemente valiente para gritar. No hay que olvidar, por lo demás, que este personaje nunca ha sido el bueno de la música, todo lo contrario, siempre se ha preocupado por cultivar el paradigma del Rock-Star: mucho alcohol, mucha droga. Mientras el vaso de whisky está lleno, todo bien, no hay problemas, a hacer música. Al menos eso cree él.           

     Este texto no pretende, en ningún caso, ser una alabanza ni mucho menos, enaltecer a este hombre. Nada más fue gatillado porque hace un par de semanas vi en el cable, un show íntimo, una demostración de carisma y decidí anotar aunque sean un par de líneas. Algo así como un ajuste de cuentas. La presentación era en un lujoso hotel de Buenos Aires y sólo asistieron las personalidades de siempre: actores de poca monta, músicos desorientados, etc., etc., etc. Debo decir que el despliegue de fuerzas de Charly lo hacía ver, de una u otra forma, cómico y burlón, dejaba a relucir todo el cansancio y desperdicio de energía malgastada. La voz no andaba como siempre, los movimientos eran torpes y a veces poco precisos, más de alguna vez el piano no funcionó, pero, aún así, seguía siendo el mismo tipo que se paró, por primera vez en un escenario, con los graciosos bigotes de blanco y negro, el flaco y desgarbado de antes, solamente por una pequeña diferencia: habían transcurrido cuarenta años desde que todo había empezado. Mientras observaba como se desarrollaba la escena no dejaba de pensar en lo anciano y senil que se vería con una ancha manta a cuadros, con un chalequito en la espalda y sin su whisky y sin sus cigarrillos. Un verdadero viejo, nada más.           

     Después de todas estas líneas, debo decir que en la República Argentina de hoy, su gente, el pueblo, defiende a este músico como si fuera su bandera de lucha, lo respeta y  creen profundamente en él. Mientras todos discuten cómo será la próxima moda o la siguiente corriente del rock and roll, él sigue por encima de su estirpe. Él sigue siendo el padre aunque muchos digan lo contrario.