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Mi muerte

Mi muerte

Acabo de despertar y ya es mediodía. La cabeza me retumba, una tranquilidad placentera comienza a aparecer. Anoche soñé que moría. Pero no era una muerte dolorosa ni menos asfixiante. Parecía estar en un lugar neutro y sin dolor alguno. No era nada parecido a lo que siempre creí. Las cosas giraban tan idénticas como ahora, excepto, por pequeñas sutilezas que sólo corroboraban mi permanecía obligada del otro extremo. Estaba muerto, bien muerto.           

     El sueño fue más o menos así: era de noche y el alcohol en sangre se diluía y se esparcía rápidamente. Ya había consumido varias botellas de vino, un vino suave, de sabor a madera y de intenso color sangre. En la casa de Daniela casi todos, o la gran mayoría, estaban seriamente borrachos y locuaces. A medida que la noche avanzaba la gente seguía arribando sin parar. La cosa andaba. Daniela estaba allí, conmigo, sentada, tocando mi mano cada vez que necesitaba sentirse cerca de mí. Luego de permanecer varias horas allí, partimos a un extraño recinto fuera de la ciudad (supuestamente Valdivia). El establecimiento era una especie de colegio abandonado con unas raras instalaciones las cuales habían servido para realizar posibles proyectos hidráulicos. Recorrimos las instalaciones y todos opinaban y hablaban y refutaban del asunto (el proyecto). Entendí a la perfección cómo funcionaba aquel engendro de aparato. En realidad valía una mierda comprender  todo eso. Para mí, no era más que una alberca llena de mierda. Apestaba. En fin, me aboco exclusivamente a lo que soné; cuando por fin llegó la hora de largarse, Daniela caminó tranquilamente hasta el auto, el cual permanecía aparcado a la orilla del camino con el motor encendido, y subió sin ningún apuro aparente. Traté de seguirla y subir al auto, pero ella lo echó a andar con rapidez. Me devolví a la carretera, busqué otro vehículo en la larga fila y lo conduje veloz tras ella. No sé si la noche o el efecto del alcohol me hacía ver el camino excesivamente ancho, las curvas parecían sacadas de caricaturas. Por alguna razón que desconozco (la cual, por supuesto, no era el acelerador), mi auto aceleraba y aceleraba. La delgada aguja marcaba ciento cincuenta kilómetros por hora. Después de eso, fue allí que comprendí que aquel engranaje se me iba, se me escapaba. Daniela, en tanto, hacía maniobras típicas de borracha y zigzagueaba adelante de mí. Lo que escribo ahora es absolutamente cierto y aunque suene repetido o trillado sucedió así: recuerdo una gigantesca luz enfrente, un ensordecedor zumbido, el auto de Daniela cruzó serpenteando y una exagerada curva apareció como una fantástica sorpresa. Caímos muy lento, no sé cómo, pero salimos de los autos y ahora, sí sé que suena ridículo,  nos miramos largo rato sin pestañear. Era un abismaste barranco como el del Coyote. Mientras todo parecía perder el ritmo habitual, aparecimos tomados de la mano en una céntrica calle. No estábamos heridos, ni maltrechos, ni nada. Ni un rasguño. Estábamos totalmente intactos. Lo que sí, había algo sumamente extraño, las calles estaban desiertas y en la mirada de aquellos espectros de hombres había un profundo dolor y una tristeza insoslayable. Avanzamos despacio, sin miedo, sin pena, sin nada. Observé detenidamente cada detalle de las vitrinas y percibí el extraño y solemne silencio, sin embargo, a lo lejos, se escuchaba una triste música, la cual no seguía ningún ritmo ni sentido ni nada. Era un viejo acordeón, recordé funerales, despedidas, homenajes, recordé que alguna vez yo disfruté de interminables conciertos de piano, recordé los impresionantes e imponentes calles italianas.            

      Todos caminábamos al mismo sórdido compás de la amargura.           

      Recorrimos las avenidas sin un rumbo fijo, anduvimos así largo rato, sin hablar. Daniela seguía atónita y no lloraba. Después de muchas cuadras de andar, nos detuvimos en un almacén pequeño. Allí había unas cuantas personas, entre éstas estaba una prima, Jessica. No nos abrazamos, sólo nos limitamos a reconocernos, y después comenzó a lanzarme un rollo de lo que había dejado inconcluso en la Tierra real. Comparé sus rollos con los míos y comprobé, para mi sorpresa, que sólo algo parecido a lo que ella me decía, para mí, era el frustrado viaje a Brasil, nada más. Me tranquilicé. Ese fugaz minuto en el limbo, me mostró cómo la vida se me podía escapar en cualquier momento. Allí, en medio de toda esa podredumbre, sólo una razón me mantenía aliviado: estaba Daniela a mi lado y nada podía suceder. Creí que viviría una vida formidable. Los sueños inconclusos me perseguían y me arrollaban. Me sentí pequeño e imbécil.           

     Cuando al despertar por fin abrí los ojos, mi oportunidad estaba aún ahí, conmigo, comiendo a mi lado, visitándome cada día, acompañándome. Comprender que nunca más iba a estar con las personas que quiero y estimo era lo más insoportable, pero de algún modo, sentí que todos sabían que los conservaría por siempre en la memoria aunque la muerte me acechaba y no me dejaba regresar.

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