Burdel San Juarez
Sus parroquianos parten cuando recién aparecen las primeras luces del alba. Deben regresar temprano a sus largas labores rutinarias. El viejo burdel "San Juarez" abre sus puertas muy entrada la noche, casi al marcar, el reloj circular, la medianoche (hay veces en que el horario varía, depende). Las sillas se hallan amontonadas encima de las mesas, las cuales lucen unos estupendos manteles de género color marrón, un alegre color chillón cubre las paredes de cemento, un murallón de otra época.
Es de mañana, temprano, casi las ocho y en el lugar ni un minuto ruido interrumpe ésta tranquilidad adormecedora, sólo se escucha el zumbido de los ventiladores que cuelgan, hace ya un par de años, después que Sonia los trajo de un desconocido poblado de Centroamérica. Las prostitutas están descansando o dormitando o follando, ¿quién sabe? Al fondo, más allá, brillan las copas de cristal que se sostienen misteriosamente en el aire con la ayuda de agujeros, adornan la parte superior de la barra. Aquella barra. Allí se suele plantar todas las noches Martina. Una chica jovial y de modales muy delicados, parece no impregnarse con la idiotez de aquellos borrachos. No importa lo que sea, ella siempre responde con buenos modales. Su educación de pequeña burguesa así le enseñó.
- No tienes porqué mirarme con esa cara, amor. Dijo, una noche, un anciano de cara fría y surcada por profundas arrugas, excesivamente pronunciadas.
- Señor, disculpe si mi rostro, a veces, no revela nada, pero le aseguro que muy pronto mi cara revelará ciertas cosas que aún escondo, ¿me entiende?
En la pared, detrás del mesón se halla "la barra". Un espejo ovalado refleja las botellas de licor: ron, gin, ginebra, whisky, en fin, todo el material esencial para la juerga. El local sitúa en la calle Rubens, justo detrás del gimnasio de boxeo, en ese recinto en el cual solían, tiempo atrás, enfrentarse los grandes. Nadie más.
Para ingresar a este sitio sólo una diminuta y estrecha puerta hace de entrada principal único acceso al lugar. Una buena cantidad de personas importantes han pasado por aquí. Bailar, beber, cantar, forrnicar, son sólo algunos truquillos que utilizan para distraerse los comensales. Poetas, cantantes populares, políticos carismáticos y corruptos, ladrones profesionales conviven con asombrosa amabilidad y respecto. Todo personaje público y despilfarrador, después de medianoche, pasa a echarse un traguito aquí sin escatimar en gastos. "Sirvan una ronda para toda mi gente" - oí vociferar a todo pulmón al presidente Montt, una mañana después de unas fantásticas campañas electorales.
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