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Trampas

Trampas

Un día, mientras transcribía unos escritos a la computadora, pensé en algo. Una idea rauda apareció en la cabeza, una idea que, en un principio, parecía un tanto descabellada, pero que al rato se hizo más pretenciosa, y más que eso parecía una salida de madres: mandar todo a la cresta: volver a lo antiguo, a lo primitivo. Me acordé, por ejemplo, de Gaugin, ese pintor francés que dejó todo (extensas tierras, familias adineradas, deudas por montones, mujeres maniáticas, hijos hambrientos) y partió a tierras desconocidas para él: Tahiti. Allí puso en marcha un plan que consistía en recuperar su nuevo estado natural o algo así. Gaugin se caracterizaba por sus múltiples excentricidades. En París se comentaba: ahí va el loco de Gaugin, quizás con qué barbaridad nos sorprenderá ahora. En fin, tal vez así, lograba un cierto prestigio, tal vez no. No lo sé. Pero en el camino se encontró con ciertos problemillas, trampitas del destino, y como alguien decía por ahí: el mundo está lleno de trampas, hasta ese hombre que se hacía llamar Jesús (J.C) quedó enredado en una de esas.  Por otro lado, existen otros contemporáneos de este pintor que, al igual que él, persiguieron la libertad, regresar, volver. Rimbaund fue uno de ellos. Arthur persiguió durante bastantes décadas, su tan ansiada "libertad", sin embargo, igual terminó, acabó, se extinguió, en Africa, con una pierna menos y viviendo como un hediondo contrabandista. El más rebelde, el más grande, el niño prodigio también quedó apresado en su propia trampa. ¿Acaso no tenemos todos nuestras propias "trampitas"? Cierto.        

    Pero volvamos al principio, no nos desviemos demasiado, la cuestión se traduce a lo siguiente: Corre lejos, mientras puedas. Lo demás es pura mierda repetitiva, canalladas de imbéciles frívolos y dispuestos a ensuciarse las manos por cuatro, o tal vez cinco, o mejor aún seis inmundos pesos. Os volvéis el rostro ante los estafadores estúpidos. ¿Por qué siempre caemos en su juego? ¿Seremos nosotros mismos los culpables, los que permitimos que sigan allí, cobijándose bajo nuestra pasiva mirada, mientras nos preguntamos: volveremos algún día a oler la cizaña alrededor y no decir nada? No lo sé, sólo puedo bajar la voz y decir: sálvame, antes que todos caigamos en las trampas".

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