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CHARLY GARCIA

CHARLY GARCIA

Sin duda Charly García marcó profundamente mis primeros años de universidad. Fue un disco unplugged que grabó junto a Maria, una pieza maestra, lo que me impresionó. Mucho piano, guitarras acústicas, violines, percusión, etc. Las letras reflejaban ese pensamiento e idea transgresora  y revolucionaria argentina. Había algo en sus canciones, en sus melodías, algo desgarrador y desagradable, una sensación de destrucción y decadencia que arrollaba.  Este músico argentino supo dejar impreso un sello el cual  lo caracterizó, y además, impulsó a toda una generación de artistas –Fito Páez, Soda Stereo, etc. Creo que su máximo legado se debió a que cuando todos, o la gran mayoría de sus contemporáneos, se aferraban a letras y canciones, buscando una fuerza quizás esquiva, quizás lejana, él optó por vomitar e incitar a sus pares a criticar, a tener voz propia. En los setenta no existía nada de eso que ahora creemos conocer como libertad, justicia, o solidaridad; sólo, como  en el  resto de Latinoamérica, había represión. Represión por pensar distinto, por decir las cosas de frente, en fin, represión incluso para criticar el sistema.  Mientras todos se entrenían en niñerías, en triquiñuelas, hubo un músico que dejó de pronunciar palabras rimbombantes, alzó la voz y liberó un nuevo lenguaje. Lo que rescato de Charly ha sido, desde mucho tiempo, la capacidad para rearmarse. Cuando todos piensan: “No ya Charly está decrépito, ya no le queda voz”, aparece nuevamente él, con alguna idiotez o con un relampagueó de luminosidad. Todavía creo que incluso en nuestros días –después de casi dos décadas- sigue vigente en el rock moderno.           

     De una u otra forma, el rock latino le debe una buena parte de su vanguardia a este viejo, una gran parte de su desarrollo y apogeo radica en que él logró ser la voz de las masas. La voz del pueblo. Cuando salió de Buenos Aires, nadie, ni siquiera su núcleo más cercano, creía que tarde o temprano se convertiría en un creador innato. En sus comienzos, Charly, con sus canciones en Sue Generis las cuales hablaban de cosas bellas, armónicas, frasecitas hechas para el bronce, logró triunfar rápidamente en Argentina. Debo admitir que también quedé, aunque fue por corto tiempo, prendido de este grupo aunque después de un rato comprendí que ya no estábamos para eso, que ya habíamos despertado del letargo y empezábamos a ver el mundo distinto, desde otra perspectiva. La necesidad por crear otras formas de expresión  fue lo que los llevó –a Chile y Argentina- a rearmarse y reconstruir con  música lo que se avecinaba. Fue el despertar, el creer absolutamente que debían, si querían avanzar, comenzar a derribar para poder construir. Después de que les destruyeron todo, después de que no quedó nada por caer, los jóvenes fueron suficientemente valiente para gritar. No hay que olvidar, por lo demás, que este personaje nunca ha sido el bueno de la música, todo lo contrario, siempre se ha preocupado por cultivar el paradigma del Rock-Star: mucho alcohol, mucha droga. Mientras el vaso de whisky está lleno, todo bien, no hay problemas, a hacer música. Al menos eso cree él.           

     Este texto no pretende, en ningún caso, ser una alabanza ni mucho menos, enaltecer a este hombre. Nada más fue gatillado porque hace un par de semanas vi en el cable, un show íntimo, una demostración de carisma y decidí anotar aunque sean un par de líneas. Algo así como un ajuste de cuentas. La presentación era en un lujoso hotel de Buenos Aires y sólo asistieron las personalidades de siempre: actores de poca monta, músicos desorientados, etc., etc., etc. Debo decir que el despliegue de fuerzas de Charly lo hacía ver, de una u otra forma, cómico y burlón, dejaba a relucir todo el cansancio y desperdicio de energía malgastada. La voz no andaba como siempre, los movimientos eran torpes y a veces poco precisos, más de alguna vez el piano no funcionó, pero, aún así, seguía siendo el mismo tipo que se paró, por primera vez en un escenario, con los graciosos bigotes de blanco y negro, el flaco y desgarbado de antes, solamente por una pequeña diferencia: habían transcurrido cuarenta años desde que todo había empezado. Mientras observaba como se desarrollaba la escena no dejaba de pensar en lo anciano y senil que se vería con una ancha manta a cuadros, con un chalequito en la espalda y sin su whisky y sin sus cigarrillos. Un verdadero viejo, nada más.           

     Después de todas estas líneas, debo decir que en la República Argentina de hoy, su gente, el pueblo, defiende a este músico como si fuera su bandera de lucha, lo respeta y  creen profundamente en él. Mientras todos discuten cómo será la próxima moda o la siguiente corriente del rock and roll, él sigue por encima de su estirpe. Él sigue siendo el padre aunque muchos digan lo contrario.

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