¿Cuándo comenzamos a creer?
Después de algunos intentos fallidos por desarrollar ideas escritas una mañana cuando la masa cerebral aún funcionaba, opté por escribir lo que realmente me pasa. Llevo días desconectados de este engendro. Cada vez que volvía a retomar el libro de Hemingway, me acordaba de aquella extensión de mis palabras: la máquina de escribir. Sólo pensaba en estirar la hoja de papel; y luego ingeniármelas para esbozar algo, cualquier cosa, lo que sea, lo que salga. Pero, por alguna estupidez, no he podido avanzar nada. En días como éstos, todos mis planes se desvanecen en la mierda. Necesito arreglármelas para expresar claramente lo que quiero hacer con esta cosa.
A veces, la máquina me domina, toma el control, es como un juego. Tú ahí, yo aquí, pero si vienes, tienes que estampar algo decente. Así funciona. Hay días (son los menos) en que la logro controlar, creo que cede porque las ideas están claras y no tengo que escarbar. Ahora la observo y se ve tan estructurada y firme, ella no comete errores sino se limita a ser un vil instrumento.
Sentado aquí pensando en lo estúpido que uno puede convertirse por una simple pasión, la que sea: dinero a montones, trabajo duro, amor carnal, coños mecánicos, cualquiera, llegué a una conclusión. Todos en cierta forma anidamos pasiones o impulsos, como quieran llamarle, que nos motivan. Son un poderoso aliciente, sin embargo el alma humana esconde desgracias incalculables. La sequedad de un escritor puede ser el peor castigo de los dioses. Aprender a vivir con esa maldita carga te condena, te obliga a replantearte, pensar que puedes estar completamente equivocado, te caga. Te ves forzado a examinarte si decidiste el camino, si era el correcto. Sólo una respuesta nace de toda esta falacia: un escritor no tiene moral. Es un ser que vendería su alma si es preciso para seguir escribiendo. Hasta en los lugares más extraños uno suele tropezarse con esa sensación de angustia que produce la estrechez de ideas. Hablo de palabras que valgan la pena. ¿Pero qué es bueno? ¿Algo completamente armonioso? No creo que haya, en el mundo, un sentido estricto para determinar cuál es el valor real de cualquier objeto. Aún cuando creamos que todo lo que nos indique o nos muestre una sensación distinta de la vida, una re-presentación de nosotros mismos, seguiremos creyendo en nuestra propia naturaleza, en nuestro sentido común.
Por muy ridículo que parezca la simpleza del lenguaje, quisiera dejar en claro que nadie es poseedor de la receta infalible, de la panacea total, de la pócima perfecta, sino sólo nuestra propia música interna nos dirá qué es bello. Sin embargo aún nos seguiremos haciendo la misma pregunta: ¿cuándo comenzamos a creer?
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