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v i a j e s & m á s

Dos mujeres

¿Qué chucha me pasa? ¿Por qué mierda caigo en estados de ánimos tan chatos, tan desesperados, llenos de una angustia intensa, y sólo me dedico a pensar en ellas: en cómo  se diferencian. En todas esas aristas que hacen la diferencia abismal entre sus genios y sus razgos desiguales. Ojalá pudiera descifrar ese lenguaje extraño, pero a la vez conocido, esos gestos, esas palabras, esas actitudes llenas de esa indiferencia avasalladora.

      Me perturba. Una me dió la suficiente confianza de creer en mí, en mis planes, en ese camino fugaz de mi carrera; y la otra, me proporcionó esa validez absoluta, esa sensación de volver a estar vivo, de volver a respirar aires nuevos y puros. Confianza en mí. Nada más.

      Después de todo siempre consideré la posibilidad de verme envuelto en fracasos individuales y aquí estoy, absolutamente solo; sin embargo me sirve este estado para comprobar qué tanto las necesito. Sin duda, mi primera esposa, me daba una sensación de tranquilidad. Esa sensación de que me podría quedar a vivir junto a ella por años, toda una vida. Pero después de ver las noticias y después de fumarme todos los pitos posibles, volvía a recostarme a su lado y me preguntaba: ¿Esto será todo? ¿No hay algo más que una buena cama, un lindo coño, un almuerzo dominguero, etc., etc.? Debía averiguarlo, ver si estaba preparado para recorrer aquel camino que vislumbraba claramente pero que a su lado era medio incrédulo pensar que podía realizar mi plan maestro. ¿Por qué? No lo sé, lo que sí sé, y ahora comprendo, es que no quería terminar como un viejo imbecil viendo mis mejores años pasar y quedarme allí sin decir nada, sin pronunciar ni una puta palabra. No. No quería observarme a mí mismo en el reflejo de lo que NO QUERÏA QUE ME PASARA.

     Entonces, ahí apareció Raquel con su risa de pendeja, suy cuerpo exótico, su pelo siempre mojado o peinado o suelto o como fuese; y me enfermó. Era una sensación que ya había olvidado por completo. Ese bienstar constante, sólido y, a la vez, envenenador. Me revolvía el estómago y me dejaba en la más absoluta alegría. Sí, recuerdo. Recuerdo por ejemplo cuando me acompañó toda mi peor época, cuando no portaba ni un sólo céntimo; ella se aferraba a mí. Y para mí ella era mi pilar. Mi soporte.

    La cosa es que sin ellas nunca hubiese logrado ni un ápice de la independencia que poseo ahora. Me guiaron y protegieron siempre. Quizá ahora no tenga absolutamente ningún sentido lo que esté escribiendo, sin embargo no me queda otra cosa que mirar atrás y verlas allí, por separdo, con sus palabras y sus consejos, reclamándome una y otra vez: Hey, quédate aquí conmigo. No vayas, no tomes tanto. Simplemente miraba, sonreía con mi cara de imbécil que suelo colocar y les decía: Qué puedo hacer? Soy un pastel.

     

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