Colombia mía
No había pasado ni un día en que no me acordara de Gabriela, mi pequeña aún permanecía intacta en mi mente. Su figura trigueña, ojos de gata, minis cortas, poleras ajustadas, pezones color cafés oscuro, culo inmenso, uñas coloridas. Una bebedora tremenda. Botellas de wiskys y rones, su especialidad. Un día amanecí entre sus piernas, con un beso me despertó, se montó rápidamente y procedió a hacer su parte del trato. Habíamos convenido que le pagaría doce dólares la hora y el hostel iba por mi cuenta (total la habitación era de mi propiedad hace ya tres meses)
Muertes, rostros de mujeres carmidos por la cocaína, no había mucho qué hacer, me solté para besarla, pero ella no se dejó. ¿Qué pasa? , dije mientras esparcía la coca en la mesa. Usted me cae bien, Javier, desde que lo vi, me simpatizó, asi que le voy a decir algo, y ponga mucha atención, y no quiero que se lo tome mal. Escuche: Carlos Moreno lo va a asaltar esta noche, después de que me vaya.
Mierda, Gaby, me lo podrías haber dicho antes, alguna seña, algo que me indicara esto, ¡¿y ahora cómo cresta saco todo el dinero de aquí?! !Chucha, Gabriela, esto está mal, muy mal¡ !Mierda¡ Algún gesto, ¿Pero nada? Acaso me porté mal contigo, acaso no supe cuidarte esas noches en Bogotá, en Medellín. O cómo cuando vomitaste en la cena de Los Gutierrez, ah, no te acuerdas pero... pero yo sí y lo que pasó allí no se lo dije a nadie. Entonces, ¿así es cómo me pagas? Sal de aquí.
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