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Un lindo happy hours

Después de los dos sours, ya me sentía mucho más animado, jovial y locuaz. Mariana había salido temprano del trabajo. Ella era una de esas muchachas promotoras de Movistar, de aquellas que te ofrecen productos y servcio a la entrada del local. Toda uniformada con logos de la compañía, falda, chaqueta ceñida, etc. Mariana es lo que podría decirse: una hembra. Ja, ja, ja. Bella, delicada, de voz suave, piel lisa y perfecta. Bueno, el caso es que bebimos, hablamos de nuestars vidas, de cómo nos habían ido, de cómo nos habíamos separado de nuestras respectivas parejas. Ella se había divorciado hacía ya seis meses y yo ya llevaba un año solo. A medida que el mesero retiraba las copas vacías y servía más y más y más... yo no paraba de hablar, de reir, de mirar a Mariana y juguetear por debajo de la mesa, etc., etc. Ella sólo se reía y se mantenía erguida y altanera. Bella. A la quinta copa  yo ya no paraba de hablar y de mostrarme lo más triunfador posible. Luego de un rato, me percaté que mi compañera comenzaba a emborracharse, a mover sus labios con mayor lentitud. Sueño, sueño, mucho sueño. Decidí llevarla a otro sitio. Propuse: Pequeña, tengo hambre. Vamos a comer algo y luego salimos  a algún bar, ¿vale? Ella ya no pronunciaba palabra alguna...

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